Renovarse o morir

prematrimoniales

Si se quisiera definir la característica más importante de la actualidad, seguramente la palabra “cambio” proporcionaría una magnífica descripción.

Los cambios se han ido dando con mayor rapidez de lo que hemos podido anticipar. Han cambiado las organizaciones, los transportes, las comunicaciones, la tecnología, el comercio y las manifestaciones artísticas. La sociedad misma en su conjunto ha sufrido transformaciones radicales.

Sin embargo, los seres humanos nos resistimos al cambio, nos cuesta trabajo evolucionar.  Nos amparamos en la sabiduría del dicho popular: “más vale malo conocido, que bueno por conocer”.

El cambio es vida. 

El cambio es sinónimo de vida.  El agua estancada se pudre, mientras que el agua en movimiento es oxigenada y purificada.

El cuerpo para mantener la vida debe cambiar en forma continua, transformando los nutrientes en nuevas células.  La piel se renueva totalmente cada mes, el esqueleto cada tres meses.  Antes de que concluya un año, casi todas de las células del cuerpo han sido reemplazadas.

¿Cambios en la relación matrimonial?

La relación de pareja no es la excepción. Una pareja no puede evolucionar ni madurar en su amor si sus integrantes se resisten a evolucionar y a realizar cambios constructivos en su relación.

Es un error pensar: “si todo ha ido bien, ¿para qué cambiar?”. El entorno ha cambiado, las circunstancias también, los cónyuges mismos evolucionan y sufren cambios psicológicos y físicos, y todo eso requiere de adaptaciones y modificaciones.

El amor que se experimenta durante el noviazgo tiende a ser romántico y en cierto sentido soñador. Más adelante, ya en el matrimonio, el amor debe evolucionar hacia una mayor madurez, basándose en aspectos más profundos y trascendentes.

Con el simple hecho de sentarse a platicar sinceramente, en forma abierta, sin defenderse, sin sacar a relucir excusas o explicaciones, los cónyuges pueden encontrar muchas cosas que requieren cambio.

Hay procesos muy bien diseñados, enfocados a la renovación matrimonial, a través de los cuales se da la oportunidad a los cónyuges de decirse lo que les agrada y desagrada de su relación.  Allí salen a la luz: conductas, actitudes, ideas y formas de relación, que quizá uno de los cónyuges ha creído correctas y que resultan ser para su pareja un motivo de infelicidad.

La resistencia al cambio. 

Aún cuando el cambio es condición para la mejora, es fácil encontrar mil pretextos para no cambiar.

Hay personas que toman una actitud determinista, convencidas de que las cosas son así y no pueden hacer nada al respecto.  Por lo tanto, se sienten víctimas de las circunstancias y no hacen nada para tomar control de su vida y mucho menos para darle dirección.

En ocasiones, alguno de los cónyuges, o incluso ambos, utilizan las consabidas frases de “así soy yo”, “así es mi carácter”, “es mi manera de ser”, con las cuales justifican las conductas indeseables y construyen una barrera infranqueable, que impide toda posibilidad de cambio.

También hay quienes condicionan el cambio a determinada actitud o conducta de su pareja. “Si mi esposo fuera más trabajador”, “si mi esposa fuera más sociable”, “si él pudiera controlar su mal carácter”, entonces sí actuaría, sí trataría de mejorar.

Adoptar ese tipo de posturas, priva a los cónyuges de la posibilidad de tomar el control de sus vidas y los limita en su desarrollo personal y conyugal.

Desafortunadamente si no  hay desarrollo, lo más probable es que haya retroceso y por lo mismo, existe un fuerte riesgo de que la relación se deteriore, hasta llegar incluso, a una ruptura dolorosa.

Direccionando el cambio.

Si bien es cierto que el cambio es necesario, es importante evitar caer en la trampa de pensar que todos los cambios son buenos.  Hay cambios perjudiciales, como sucede con la evolución de células cancerosas.

No se trata de cambiar por cambiar, pues el cambio no es un fin en sí mismo sino un medio.  Lo que se persigue es mejorar.

El cambio que promueva la superación personal, el que incremente la comunicación, la comprensión mutua y mejore la relación, el cambio que permita madurar y apoyar el crecimiento mutuo, es el importante.

Cómo cambiar. 

Si se quieren provocar cambios positivos en la relación de pareja, conviene tomar en cuenta los siguientes aspectos:

*Identificar insatisfacciones. Si usted está satisfecho con lo que es, con lo que hace o con lo que está logrando en su relación, difícilmente estará dispuesto a cambiar. El primer requisito para provocar el cambio es identificar algo que nos haga sentirnos insatisfechos.

*Estar conscientes de la resistencia. Siempre que se quiere cambiar algo, está presente la resistencia. Cuando uno se propone bajar de peso, sobran invitaciones para ir a comer. Cuando se quiere controlar el mal carácter, parece que se acumulan los motivos para enojarse.
Estamos acostumbrados a ciertos patrones de comportamiento y el querer cambiarlos implica trabajo y esfuerzo.

*Fijar un objetivo o meta. Es importante tener claro a dónde se quiere llegar con ese cambio.
Si un atleta se fijara en todos los entrenamientos, sacrificios y privaciones que tiene que hacer para destacar, ciertamente se desanimaría.  Pero el atleta se fija en la meta, en el campeonato a ganar.
El objetivo en una pareja puede ser una relación más armónica, una mejor comunicación, un mejor entendimiento.  Desde luego que como en el caso del atleta, hay que pasar por sacrificios, esfuerzos y privaciones, pero la meta vale la pena.

*Elaborar un plan. Uno de los procesos de cambio más efectivos que existen hoy en día, es el que se lleva a cabo en las asociaciones de Alcohólicos Anónimos.
En primera instancia, exigen un cambio mental, que los lleva a pensar en “o todo o nada”. Además, se fijan pasos alcanzables: su meta de hoy, es un día sin alcohol y mañana, fijarán una nueva meta.

*Dar seguimiento al plan. Un plan, para tener éxito debe ser posible, pero también tiene que ser medible. Es importante contar con medios que permitan darse cuenta de si se está avanzando y qué tanto.
Se puede verificar si los cónyuges buscan soluciones o tratan de encontrar culpables. Se puede contabilizar el número de días o de horas que llevan sin pelearse.
Si al dar seguimiento al plan, se detectan fallas, más que culparse, se deben apoyar para buscar soluciones conjuntas.

*Festejar los logros. Cuando los cónyuges acuerdan ir a cenar fuera porque lograron manejar sus desacuerdos de la semana sin irritarse ni culparse, lo que hacen es: reforzar su interés por cambiar y reconocer el esfuerzo que ambos han hecho para lograrlo.