¿Por qué tener más hijos? (el don de vivir en una familia numerosa)

por CatholicLink

 

 

La fundación Hirukide (Federación de Asociaciones de Familias numerosas de Euskadi o País Vasco) nos presenta este video en el que un grupo de niños expresa las razones de por qué “les encanta estar con gente” haciendo referencia a las bondades y ventajas que tiene vivir en una familia numerosa.

Es importante entender el contexto en el cual surge este proyecto. En la sociedad española el número de hijos de cada familia se ha visto reducido considerablemente en las últimas décadas y ya se empiezan a notar algunas manifestaciones importantes. De las que más les preocupan a muchos son el envejecimiento de la población, la disminución de una población laboralmente más activa, lo que afecta considerablemente la economía. Además de estas expresiones, son aún más preocupantes  las que atentan directamente contra el núcleo de la familia, que es fundamento para cualquier sociedad.

Elementos apostólicos

Me parece pertinente reflexionar acerca de algunos criterios e ideas que se presentan en la cultura actual y sobre el hecho del número de hijos que cada familia desea y planea tener. ¿Cuántos son suficientes? ¿Qué es lo mejor para mí, para nosotros? ¿Qué es lo que quiero/queremos? Son preguntas que toda pareja se formula. Evidenciamos que muchas veces en estas opciones intervienen criterios y argumentos que responden a lo que muchos conocen como una mentalidad anticonceptiva. Es decir, son más las razones y argumentos que se presentan para evitar o posponer concebir un hijo que aquellas que llevan a una apertura al don de la vida.

Esta manera de pensar responde muchas veces a una actitud egocéntrica, más cómoda, más facilista, en la cual predomina satisfacer los propios intereses o proyectos, por encima de abrirse a la posibilidad de tener un hijo; puesto que ello representa un obstáculo para conseguir los propios fines. No es raro que muchas parejas que se casen aspiren a dedicar muchos años en viajar, estudiar, realizarse profesionalmente, adquirir los bienes necesarios para recién pensar en una familia, cuando ya puede ser demasiado tarde.

Quienes se aproximan así, no recurren normalmente a los medios naturales para posponer los embarazos, más bien recurren a medios artificiales, como los anticonceptivos o métodos de esterilización, que en sí mismos comportan otros efectos, como el hecho de muchos de ellos ser abortivos.

Con esto no quiere decirse que para una pareja no sea válido moralmente hablando tener una planificación de los hijos a tener. Sin embargo las diversas situaciones y circunstancias ya sean personales, profesionales, económicas, etc. no deben ser un impedimento para abrirse al don de la vida.

Muchos piensan que no vivir así es una locura, una irresponsabilidad, porque “¿Quién quiere traer niños a sufrir al mundo?”, “¡Qué problemático llenarse de hijos!”, “¡Qué dificultad el mantenimiento económico!”, “¡no hay suficiente tiempo para dedicarse a ellos!”. Para quién lo mira así, con criterios falaces y muchas veces egoístas, es más difícil. Pero quien se abre a una perspectiva más trascendental, desde una lógica espiritual, desde el amor, desde la confianza en Dios es más fácil. Dios no quiere un mal, Él no es “quien te manda los hijos para ver como tú te defiendes”. Él quiere lo mejor para cada uno, para la familia, pero nos invita a colaborar generosamente con este Plan de amor.

Termino con frase de Pablo VI al respecto “El gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos, colaboradores libres y responsables de Dios Creador, fuente de grandes alegrías aunque algunas veces acompañadas de no pocas dificultades y angustias” (Humanae Vitae)